Mi reseña sobre el libro "Débora Arango de perfil. Su vida, su obra, y su tiempo", de Víctor Cabezas Albán. Planeta Colombiana, 2025. Reseña publicada en:
Fronterad (castellano): https://www.fronterad.com/tras-las-huellas-que-dejo-la-pintora-colombiana-debora-arango/
The Prisma (inglés y castellano): https://theprisma.co.uk/2026/03/09/in-the-footsteps-of-colombian-painter-debora-arango/
Débora Arango es una de las pintoras más valiosas de la pintura colombiana del siglo XX. Es valiosa por la calidad de su trazo, sobre todo en la acuarela: intenso, agitado, para nada frágil; como si pintara con vino y sangre, no con agua. Es valiosa por su mirada sobre la sociedad colombiana: la observa desde muy cerca, la toca y la huele; la analiza con distancia intelectual; ordena a sus personajes en espacios interrelacionados donde las causas y efectos de sus acciones hacen avanzar la historia del país. Débora Arango de perfil. Su vida, su obra, y su tiempo es una biografía sui géneris sobre la pintora. Víctor Cabezas Albán, su autor, actúa como un investigador que sigue las huellas de ella –a la que nunca conoció en persona– y, sobre todo, de los personajes que se cruzaron en su vida. Cabezas nos muestra pinceladas de las vidas de los dos artistas que enseñaron técnicas de pintura a la joven Débora en Medellín; al líder político Jorge Eliécer Gaitán y a Amparo Jaramillo, que le ayudaron a exponer en el Teatro Colón de Bogotá. Varios presidentes de Colombia aparecen también en esta obra porque tocan teclas importantes para ayudar u obstaculizar la trayectoria de Débora.
Las páginas dedicadas a mostrarnos pinceladas de la vida de las pintoras expresionistas alemanas Käthe Kollwitz y Elfriede Lohse-Wächtler son necesarias para entender la mirada crítica de Arango. El expresionismo social alemán contagió la mirada descarnada –y bastante desesperanzada– de Arango, que recrea sucesos históricos de Colombia con la lógica del dramaturgo. Por ejemplo, en el cuadro donde refleja el Bogotazo, o rebelión popular del 9 de abril de 1948, que arrasó con gran parte de la capital: en el limitado espacio de la puerta de una iglesia vemos la ira y el miedo que se retroalimentan, la sensación de injusticia social y el hambre –aunque Débora nunca lo padeció–.
Al final del libro hay fotos de nueve cuadros. Llama la atención El tren de la muerte. Vemos un tren con vagones de carga con grandes puertas abiertas: dentro hay decenas de cadáveres. Acuden a nuestra mente flashes de trenes llenos de cautivos que cruzaban Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, Arango pintó el cuadro en 1948, semanas después del Bogotazo, a partir de una escena que vio en Puerto Berrío, a orillas del río Magdalena. Cabezas no ha averiguado qué es lo que Arango vio exactamente. El biógrafo plantea una hipótesis que aquí no desvelo por lo inquietante. El tren de la historia no se detiene. Débora Arango se retiró de la vida pública en 1955 y cayó casi en el olvido. Se refugió en su finca antioqueña, donde siguió pintando hasta su muerte en 2004. Desde 1986, su obra experimentó una paulatina recuperación en el imaginario social y en el mercado del arte. Al margen de sus preferencias políticas, hoy en día ella es considerada una de las grandes artistas colombianas.
