Ediciones Asimétricas, 2025. Publicada en Fronterad: https://www.fronterad.com/el-teatro-de-las-vanguardias-un-combate-en-el-ring-de-la-estetica/
(Walter Benjamin citado por Josep Crosas en la p. 154).
El libro de Josep Crosas es un texto ameno que sintetiza y relaciona las principales propuestas del teatro de las vanguardias del siglo XX: futuristas italianos, futuristas rusos, dadaístas, el montaje de atracciones en el teatro y cine ruso, la Bauhaus, surrealistas, la internacional situacionista.
Las máquinas emergieron con fuerza en la Europa de los siglos XVIII y XIX: máquinas impulsadas por el carbón, por la electricidad, por el petróleo. Las ciudades y las rutas se llenaron de máquinas que movían a personas y mercancías, los talleres se llenaron de máquinas que producían más máquinas -los llamaron fábricas-, las propias ciudades -ahora ya metrópolis- se convirtieron en grandes máquinas de precisión horaria y puntualidad productiva: los humanos tenemos que encajar dentro de la metrópolis maquinal o somos marginados. Walter Benjamin la llamó "la experiencia del shock": personas que chocan al moverse, rutinas corporizadas pero incomprensibles, un collage de sensaciones que aturden al ciudadano. Los lenguajes de la cultura -que hasta ahora forjaban identidades arraigadas- se traslapan con un ruidismo que aúlla la urgencia por destruir lo viejo y crear algo nuevo. El ciudadano deja de percibir y dialogar con su entorno porque no lo entiende y sí lo ensordece. El teatro de las vanguardias expresó la disociación de los signos y los significados de los lenguajes de la cultura Occidental, y se propusieron que sus espectadores percibieran y comprendieran tal dislocamiento. "Arrancar al público de su pasividad constituye la premisa básica del teatro de las vanguardias: impedir la identificación pasiva del espectador con lo representado, eliminando la separación permanente entre actores y espectadores, entre escena y público, forzando al público a participar" (p.22).
Para conseguirlo, los vanguardistas convierten el evento teatral en una sacudida perceptiva de sonidos, formas, colores, proyecciones, movimiento, etc. El espectáculo ya no recrea un espacio y tiempo ficcional, sino que es en el presente, aquí y ahora, como en el music-hall: las escenas transcurren sin una lógica clara de causa y efecto, como sí sucede en el planteamiento aristotélico desde hace 2000 años. El espectador percibe fragmentos de experiencias que su cuerpo tiene que recomponer y darle sentido espacio-temporal. La forma en sí -el significante- es más importante que el significado. O mejor dicho, la forma es el significado. De este modo, surge una abstracción positiva que estimula nuestros sentidos, amplía la percepción y ayuda a comprender lo que nos sucede. Todo montaje escénico que se precie de vanguardista e innovador tiene que "manipular" al público hacia este objetivo chocante y transformador. No obstante, algunas vanguardias quisieron una mayor participación explícita del público, aunque fuera con violencia; como los artistas futuristas -y los fascistas de Mussolini- ya no entendían su lugar en el mundo dado, su puesta en escena se basó en la aceleración de la civilización hacia su colapso.
















































