Las fotos que añadimos corresponden a la exposición, con los
resultados de más de un año de trabajo, exhibida en el Centro de
Memoria, Paz y Reconciliación en Bogotá, entre el 29 de abril y 29 de
junio de 2026. El artículo original en The Prisma muestra fotos del
proceso de creación con los jóvenes protagonistas.
MARIPOSAS Y ARQUITECTURA PARA LA MEMORIA DEL CONFLICTO
Un año de talleres y creación da lugar a “Casa para Mariposas”,
proyecto que culmina en una exposición de memoriales arquitectónicos
hechos por niños y niñas víctimas del conflicto. La iniciativa,
excepcional en Colombia, transforma memoria y dolor en espacios vivos,
proponiendo una forma sui géneris de pensar la paz desde la infancia.
Mónica del Pilar Uribe Marín / The Prisma, The Multicultural Newspaper*
Alejandra* era muy pequeña cuando a su pueblo y a su casa entró la
guerrilla. Iban en busca de su tío. Era de noche y todos dormían. La
balacera terminó tan abruptamente como empezó y todo quedó en silencio.
Fue cuando advirtieron que el tío seguía en el cuarto. Allí lo hallaron
muerto en la cama, con disparos en la cabeza y el cuerpo. La tristeza
inundó a la familia.
La tragedia en la historia de Antonio* es una página distinta. Sus
abuelos eran artesanos tejedores. Su madre le contó que un día vinieron
unos hombres armados para arrebatarles la casa. Todo fue muy rápido y
tuvieron que huir sin sus pertenencias, incluso dejaron los hilos y el
telar. A todos los abrazó el desamparo y el desarraigo.
En otra geografía, Irene, hija de lideresa, creció en una familia de
artesanos del totumo, el tejido y la música. Cuando tenía 9 años su
padre le contó que un día salió con un compañero hacia una vereda en
busca de totumos para hacer maracas. De repente “aparecieron unas
personas malas que les dijeron que los matarían si no se quedaban. Mi
papá se escondió detrás de una casa, en un cobertizo, y desde allí vio
cómo asesinaban a un muchacho y escuchó cómo amenazaban a sus amigos
para que dijeran dónde estaba él. Se quedó casi tres días encerrado sin
agua ni comida. Al principio se oían gritos, llanto y balas, después
solo silencio. El dueño de la casa pudo sacarlo con vida.”
Con Maribel* y Ramiro* las cosas son distintas porque las huellas en
su memoria las han tatuado los animales. En el caso de Maribel se trata
de un gato. “Yo adoraba ese gatico, era hermoso, hasta que unas personas
en represalia por yo estar en el grupo armado lo mataron frente a mis
ojos pasándole un carro por encima. Dijeron que era un accidente, pero
yo sabía que no”. Este hecho violento la impresionó hondamente y se dio
cuenta “que había mucha gente que estaba muy brava” con ella.
Y lo de Ramiro sucedió hace tiempo: un grupo armado entró a San
Jacinto y en el enfrentamiento que sostuvieron guerrilla y policías
murieron habitantes del lugar. Uno de ellos fue su tío. Recuerda que era
una buena persona y que le gustaba ir mucho a la finca con sus primos y
jugar con ellos fútbol, béisbol y a las escondidas. Él le había
regalado un loro. Tras su muerte, cada vez “que yo veía el lorito me
acordaba de mi tío”. Poco después murió el ave.
Quienes narran estos hechos violentos son menores. Tienen entre 9 y
17 años y por sus vidas ha transitado demasiado dolor, miedo y pérdida.
Están marcados por el desplazamiento y el reclutamiento forzado y son
oriundos de San Jacinto (Bolívar); Catatumbo (Norte de Santander);
Arauca, Cauca y Putumayo, regiones que en Colombia han sido escenarios
de violencia.
Pero estas narraciones han dejado de ser fragmentadas gracias a un
proceso que inició en 2019. Detrás de esa iniciativa está la arquitecta
Fabiola Uribe, directora y fundadora de “LunÁrquicos: Práctica
experimental de arquitectura para niños”, quien en conversación con The
Prisma explicó cómo este proyecto fue tomando forma hasta convertir esas
memorias en ejercicios de creación arquitectónica.

Las primeras mariposas
Ese 2019 el Museo de Arquitectura “Leopoldo Rother”, de la
Universidad Nacional, organizó la exposición “Víctimas”, un
memorial obra del arquitecto neoyorquino John Quentin Hejduk, en
homenaje a las víctimas del holocausto. Los organizadores llamaron a
Fabiola ya que LunÁrquicos es un colectivo en Colombia que busca
“acercar a niños y niñas a la arquitectura”. Le pidieron que
desarrollara un taller con infantes y adolescentes en torno al tema.
Fabiola conocía bien la obra de Hejduk y le maravillaban las 63
estructuras (mascaradas) de “Victimas”, pero era consciente de que era
un tema para tratar con cuidado. “Para nosotros –explica– era difícil la
palabra ‘víctima’, pues sonaba demasiado agresiva. Entonces planteamos
un nombre poético: Casa para mariposas, pues hacía alusión a que las
mariposas, al igual que esas víctimas, tenían un gran valor dentro de su
entorno, pero sus vidas habían sido de alguna manera cegadas
prematuramente por la violencia.”
Entonces diseñaron el taller para que los niños desarrollaran una
serie de memoriales donde los destinatarios fueran personas de sus
vidas, a las que ellos consideraban que habían sido también víctimas, de
cualquier tipo. “En ese momento no estábamos pensando en un conflicto
armado ni nada parecido, sino en ese concepto de ser vulnerable.”
Surgieron los temas del suicidio, el matoneo, la pérdida de mascotas y
de objetos, la soledad. Y en ese tránsito aparecieron dos historias que
les llamaron la atención y que eran contadas por dos niños desplazados
por la violencia. Historias de pérdida y muerte violenta que
reprodujeron de manera conmovedora en maquetas.
La experiencia le dejó a Fabiola la inquietud de trabajar el tema de
violencia, conflicto e infancia desde la arquitectura. Su idea era crear
memoriales hechos por niños, algo jamás se había dado en Colombia.
Así lo comentó a su equipo: Sebastián Fonseca y Jorge Raedó, asesor.
Todos coincidieron: un día trabajarían en ello. En los años que
siguieron desarrollaron numerosas actividades, sobre todo académicas y
otras de diferente textura, alguna tangenciales al tema. Finalmente, en
2024, a Fabiola la llamó Carlos Barberá, arquitecto y profesor del
Departamento de Expresión Gráfica de la Universidad de Alicante, para
comentarle sobre una convocatoria de cooperación. Quería una alianza con
LunÁrquicos.
Fue la coyuntura para trabajar el tema niños, violencia y
arquitectura. Además “la Comisión de la Verdad en esos momentos estaba
revelando las cifras sobre reclutamiento forzado de menores. Entonces
consideré que debía proponer ese tema que siempre me ha impactado mucho,
particularmente por su incidencia en los menores. Trabajamos y
propusimos un proyecto donde ellos participaran directamente y pudieran
expresar su reflexión sobre cómo el conflicto los ha afectado”.
Configuraron la propuesta que contemplaba, entre otros aspectos, la
elaboración de un conjunto de 30 memoriales arquitectónicos y trabajar
con menores afectados directa o indirectamente por el conflicto armado.
El propósito era unir los aspectos de la memoria, la niñez y el
conflicto a través de un proyecto de creación arquitectónica y, con
ello, procurar reflexiones que van desde lo artístico, lo simbólico, lo
cultural y, obviamente, desde la memoria.
La intención: hacer que los niños se expresen desde el arte y la
arquitectura, que expresen cómo han vivido o tenido pérdidas y cómo esas
personas que perdieron, que han desaparecido de sus vidas pueden ser
recordadas, rescatadas, a través de memoriales.
Esto es porque esos memoriales están hechos a partir de sus recuerdos
y en los espacios que diseñan hacen que la pérdida de sus seres
queridos, o sus momentos, animales u objetos, se reconstruyan o
escenifiquen allí y recuerden sus acciones, sus palabras, sus hechos.
“Pero no se trata de trascender el hecho violento de la pérdida”, dice.
Memoriales y arquitectura
¿Dónde radica el vínculo entre arquitectura, estética y memoria y qué propósito se desprende del mismo?
Fabiola dice que para entender “Casa de las mariposas” hay que
entender a Hejduk. Ella pensó que lo hecho en “Víctimas” permitía ser
utilizado con los nuevos diseños de los niños. “Allí esos edificios son
como unas entidades poéticas que están en el espacio y condensan,
mantienen o representan la biografía de las personas muertas en el
Holocausto, Hejduk propone habitar la memoria”.
Explica que los monumentos siempre se quedan en un recuerdo
congelado. Pero su idea es que “empecemos a recordar todas esas acciones
o actividades que hacían las personas, su vida cotidiana. Se trata de
recuperar tales historias a través de la memoria.”
Entonces ¿qué sucede en la Casa de las Mariposas? Allí siempre “está
el recuerdo del espacio que se habita o donde se manifiestan las
acciones que te definen. Esa construcción está llena de actividades y de
acciones, de recordar al que cultiva, siembra, a la mamá que teje, el
tener un lugar para contemplar tu vida…” En esos espacios creados se
colocan a las personas que no están, al animal que cantaba, a los libros
que se leían. Un monumento es una batalla, una guerra, un hecho
estático que recuerda ese momento. Pero el memorial tiene un elemento
que es dinámico porque cada vez que usted se acerca, usted puede
interactuar con él, lo puede reinterpretar y apropiar.”
En otras palabras, en esa construcción física donde se reconstruyen
los recuerdos se puede subir una escalera, mirar un paisaje y después
escribir un poema. “Nos parecía importante que los niños se centraran en
las acciones que hacían las personas que habían desaparecido, en las
víctimas que ellos eran. Porque la acción es el soplo de vida que se le
da al objeto.”

Mariposas en San Jacinto
El propósito estaba claro y así Fabiola y todo el equipo LunÁrquicos y
Carlos Barberá se concentraron en las regiones de las cuales saldrían
los hacedores de memoriales, y conformaron dos grupos, uno de víctimas y
otro de desmovilizados. El primero lo constituyen 16 niños y niñas de
San Jacinto, entre los 9 y los 16 años de edad, que fueron seleccionados
por la Asociación Red Antorchas.
“Al venir de un proceso de organización social que han hecho con la
comunidad y con Red Antorchas, son menores muy colaboradores, muy
solidarios entre ellos, muy receptivos y alegres.”
En los primeros dos días estuvieron presentes adultos porque se
realizaron diálogos intergeneracionales. Después Fabiola y Sebastián
trabajaron con ellos de manera aislada, pero con el acompañamiento de
una psicóloga y una trabajadora social, ambas de Red Antorchas. “Nos
hacían el acompañamiento por si acaso se abrían heridas durante el
proceso.”
Así transcurrieron los días en esa región de sol audaz e
interminable, en la que no solo escucharon a los niños, sino que también
los vieron armar sus recuerdos, sus memoriales, que después al
finalizar el ciclo, expusieron en la comunidad.
Estuvieron en el barrio de la Guitarra, uno de los barrios más
golpeados por el conflicto armado durante los años 90. Una parte de la
población ha sufrido desplazamiento generacional. No fue una experiencia
difícil: “Como conocen del tema, han hecho muchos talleres y viven
mucho las expresiones culturales y artísticas y están acompañados por
sus familias. Todos pertenecen al mismo barrio, un barrio muy unido y
organizado socialmente.”
Y al ser hijos de artesanos, de tejedores, tenían mucha habilidad
manual e hicieron unas “muy interesantes maquetas con los elementos que
les entregábamos. Como se conocían más, se contaban las historias y se
ayudaban entre ellos para hacer las maquetas.”
El único obstáculo fue que, por ser niños pequeños, cuando les hablaban
del memorial no entendían mucho. “Por eso llegamos a ellos con ese
concepto de ‘casa para el alma’ que tenían en la antigüedad, donde se
construyen espacios para que habite el alma y la memoria de personas
fallecidas. Ese concepto sí les resultó comprensible.”
Mariposas en Bogotá
Fue en esta ciudad donde se conformó el segundo grupo: Territorios.
Lo hizo el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Fundación
Centro para el Reintegro y Atención del Niño (CRAN). El grupo inició con
12 jóvenes, pero solo ocho terminaron el proceso. Tienen entre 13 y 17
años y son jóvenes provenientes de diferentes zonas del país, son
desmovilizados que fueron reclutados a la fuerza por guerrillas,
paramilitares, autodefensas y otros actores armados. Tienen familia, mas
por temas de seguridad tuvieron que separarse de ella y de sus lugares
de origen. Están bajo medidas de protección.
Sus historias de vida son muy distintas. Están muy marcadas por la
violencia. Fabiola cuenta que “eran menos receptivos. El CRAN quería que
nos centráramos sobre todo en lo positivo, en que ellos entendieran que
iban a una nueva vida, pues son muchachos que tienen traumas
emocionales y psicológicos debido a lo que les ha tocado vivir.”
Los niños de San Jacinto han vivido la violencia como desplazados.
Los de Territorios “han sido víctimas de otro modo. Fueron reclutados
por grupos armados por lo cual tuvieron una participación en el
conflicto al ser actores armados.”
Trabajar con estos jóvenes fue difícil al principio ya que, pese a
conocer bien el tema, LunÁrquicos nunca había trabajado con menores
desmovilizados. Por ello recibieron con agrado el permanente
acompañamiento de las psicólogas en los talleres. Estas fueron muy
claras: No abran heridas que luego no puedan cerrar. “Sebastián y yo
hablamos mucho antes de empezar. Era importante, sobre todo, acercarnos
desde el amor, desde el afecto y la sensibilidad. Entenderles. Son
muchachos de origen muy rural, algunos de los cuales estuvieron mucho
tiempo en los grupos armados. Nosotros llegamos con un taller de
arquitectura que requiere de algún tipo de habilidades… Pero para ellos
todo lo que tenía que ver con la expresión manual, con la representación
plástica, les parecía que no era cosa de hombres. Habían portado y
utilizado armas, entonces para ellos hablar a través del arte les
parecía ridículo”.
Les tocó hacer muchos apoyos de imágenes y de elementos gráficos para
hacerles entender que el arte y la arquitectura son un lenguaje que
permite expresar aquellas cosas que ellos de pronto no podían procesar o
entender de sí mismos. “Fue lo más difícil, pero a su vez lo más
satisfactorio porque ellos después decían: ‘Creo que así nos queda más
fácil hablar sobre lo que vivimos’. Incluso las psicólogas nos decían,
«Han dicho más cosas haciendo esto que a veces hablando”.
Y así surgieron finalmente ocho memoriales memorables.
Mariposas por etapas
Tras casi un año de trabajo intenso, LunÁrquicos y la Universidad de
Alicante cristalizaron por etapas ese proyecto que es el primero de esta
índole que se realiza en Colombia: Arquitectura, memoria, paz e
infancia, una simbiosis estética, creativa, de resiliencia y memoria.
Una simbiosis donde se conjuraron otros esfuerzos y apoyos: la
Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia, el
Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de la Alcaldía Mayor de Bogotá,
la Fundación CRAN, la Asociación Red Antorchas y la Corporación Jurídica
Humanidad Vigente.
Pero los esfuerzos mayores estuvieron en los arquitectos de la
memoria, en esos niños, niñas y adolescentes que crearon 24 diseños cuyo
destino es la exposición temporal en el Centro de Memoria, Paz y
Reconciliación y que lleva por nombre “Casa para Mariposas.
Arquitecturas imaginadas para la paz».
El proyecto fue estructurado en cuatro fases “porque, además de
trabajar desde la memoria de los niños frente al conflicto, queríamos
que fuera un proceso donde muchas personas se involucraran, para hacer
más ruido, para poner el tema sobre la mesa de forma reiterada.”
Tras formular el proyecto y diseñar los talleres de arquitectura con los
niños, se planteó la construcción de los memoriales. Se dio un proceso
paralelo. Era la tercera etapa y se hizo con la Universidad Nacional,
socio estratégico del proyecto: un laboratorio de diseño sobre memoria e
infancia y conflicto.
Con estudiantes de arquitectura se trabajó un taller para que
diseñaran un parque urbano de carácter memorial, tal como lo había hecho
Hejduk, quien coloca sus edificios en un parque memorial en Berlín.
Allí se planteaba dónde deberían ir los memoriales hechos por los
niños. Fabiola admite que esta etapa tiene un objetivo anhelado: “Es
importante y necesario que en un país que parece no querer a los
menores, donde casi un millón y medio de ellos han sido víctimas del
conflicto, cuente con un Parque de Memoria para sanar las heridas”
Y la última etapa es la exposición del 29 de abril en el Centro de
Memoria, donde las 24 piezas que en San Jacinto y Bogotá construyeron
los menores están acompañadas por la maqueta hecha por los estudiantes
de arquitectura: una especie de síntesis de distintas maquetas de los
niños de San Jacinto y del CRAN.
“Lo que hicimos fue tomar una maqueta de un menor que había sido
reclutado, denominada El puente para las almas y la transformamos en un
dispositivo más pequeño para trabajar el tema de la memoria en la misma
exposición”, explica Fabiola.
En la exposición también estará el producto de un ejercicio con los
jóvenes del CRAN: “El lugar del nunca jamás”, que ellos habitaron con
unas pequeñas esculturas de plastilina.
Vuelan las mariposas
Fabiola calla y sonríe cuando le pregunto sobre cómo se siente frente
a este proyecto y que piensa hacia el futuro, dice: “Era importante
darle un lugar en la historia a los niños y niñas pero es mejor si
pensamos que este lugar no está hecho con arquitectura.”
La arquitectura en sí misma es un objeto inerte. Solo tiene sentido
en tanto es habitada y animada por las acciones y las actividades de las
personas. En un proceso de paz la construcción de edificaciones como
memoriales o elementos que sean significativos puede ayudar a converger
comunidades en espacios colectivos. La arquitectura puede crear espacios
que sean abiertos para que se dé el diálogo.
Por eso su sueño es crear en Colombia Parques Memoriales para niños y
niñas. Es necesario. “Algo que casi no se hace, es que se pueda
trabajar directamente con los niños que están siendo víctimas, porque
normalmente los relatos que se han contado en Colombia sobre los niños
afectados por el conflicto se cuentan desde la voz de los adultos o
cuando ellos ya son adultos.”
*Artículo publicado originalmente en The Prisma*- The Multicultural Newspaper. Prohibida su reproducción total o parcial.
Nota: las fotos de la exposición son de Jorge Raedó