Mi reseña sobre el libro "Tejidos Oníricos. Movilidad, capitalismo y biopolítica en Bogotá (1910-1930), Santiago Castro-Gómez. Editorial Pontificia Universidad Javeriana. Reseña publicada en: Fronterad (castellano): https://www.fronterad.com/los-tejidos-oniricos-del-filosofo-santiago-castro-gomez-aplicados-al-capitalismo-colombiano/
El filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez ha dedicado parte de su trayectoria a discernir la identidad colombiana –y latinoamericana en general– como una forma propia, no calcada de las identidades europeas o anglosajonas. La teoría de la dependencia (1950-1970), la filosofía de la liberación (desde 1971) y el giro decolonial (desde la década de los noventa, aunque hoy algo alicaído) son los movimientos intelectuales que han labrado este camino de autorreflexión contemporánea. Castro-Gómez analiza sus componentes esenciales tanto por escrito como en su recomendable canal de Youtube. El concepto de transculturación que él propone es útil para entender el intercambio entre civilizaciones: existe un contagio permanente en todo contacto y comunicación; no hay, por tanto, pureza simbólica ni identitaria. Las ciudades también son fruto y escenario de la transculturación. En su obra Tejidos oníricos. Movilidad, capitalismo y biopolítica en Bogotá (1910-1930), Castro-Gómez estudia una capital que, en apenas dos décadas, buscó transformarse de urbe colonial en una ciudad con voluntad y deseo “modernos”. Ese salto implicó transitar de un espacio-tiempo local, cercano y casi inmutable, a uno veloz, de cambios súbitos y conexiones raudas que proyectaban horizontes lejanos para sus habitantes. En definitiva, se trataba de construir un Estado moderno con sus propias estructuras, instituciones, tecnologías y estética.
“Las elites dirigentes, liberales y conservadoras, saben ahora que no habrá Estado a menos que se produzca una inscripción de la ley sobre el cuerpo de la población. No bastaba, entonces, con la proclamación formal de la ley, pues esta supone una abstracción sobre la enorme heterogeneidad de la población a ser gobernada. La existencia del pueblo soberano, fundamento del Estado moderno, requería, entonces, la producción de una población capaz de desear la ley, de unas subjetividades aptas para tener una “conciencia moderna” (página 152).
El Estado moderno exige una estética nueva y amada: una percepción fenomenológica distinta del entorno y una proyección del deseo que nos aleje del oscuro pasado para conducirnos, sin espera, al futuro luminoso. La escenificación bogotana de este ideal fue la Exposición Agrícola e Industrial de 1910, a semejanza de las grandes exposiciones universales celebradas en Europa y Estados Unidos desde mediados del siglo XIX. Estos eventos tenían la función de reunir lo novedoso y mostrarlo ordenadamente para convencer al visitante de que su época era la más afortunada, la cima evolutiva de la inteligencia. A su alcance estaban maravillas tecnológicas como el tren, el automóvil, el teléfono, el avión, el cinematógrafo o el alumbrado eléctrico; también conocimientos derivados de la biología, la química, el urbanismo o la psicología. Todo ello buscaba que nuestros cuerpos y mentes fueran más sanos, productivos y seguros que antaño; en definitiva, que la vida fuera una experiencia intensa, eficiente y justa –con nosotros mismos y los nuestros– dentro del orden y la velocidad establecidos por la autoridad. Según el Estado moderno, somos todos ciudadanos; no obstante, quienes no cumplen la norma dejan de ser parte de ese proyecto de modernidad. El libro analiza estos componentes en cinco capítulos llenos de ejemplos históricos y mediáticos. Leemos el libro en 2026 y entendemos mejor la evolución de Bogotá. Sin embargo, hoy el tráfico motorizado en la ciudad es cada vez más lento –apenas 15 km/h– y el transporte público en hora punta es como viajar en una lata de sardinas. Llegar a un pueblo cercano puede costar más de tres horas debido a los habituales trancones (atascos), mientras que viajar en avión por el país resulta económicamente prohibitivo para la mayoría. La modernidad bogotana es una pompa medio imaginada.
